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LA.HAYA2

Nación Creole

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GERMAN.MARQUEZ2Hace años colaboré con la señora Josefina Huffington en la preparación de una ponencia presentada en alguno de los numerosos eventos, ya no recuerdo cual, que se llevan a cabo para analizar las implicaciones del fallo de La Haya. La ponencia partía de analizar que las gentes del Archipiélago forman parte de un grupo cultural y social mucho más amplio, la Nación Creole.

Un gran grupo humano unido por la cultura y por la lengua, y que habita Jamaica y las islas Caimán, Belice, las islas de la bahía y la costa de Honduras, las islas del Maíz (de hecho CornIslands, en creole) en Nicaragua, Limón y Cahuita en Costa Rica y Bocas del Toro en Panamá, sin descartar vínculos más remotos con Trinidad y Tobago, Barbados e incluso Martinica, por no decir todo el Caribe.

Se trata de una gran familia, incluso en el sentido estricto pues, además de la cultura, tienen lazos de sangre ya que, por ejemplo, en nuestras islas son comunes los descendientes directos de personas venidas de dichas partes, donde tienen familia con la cual se mantiene contacto. Todo ello a pesar del tiempo, la distancia y, sobre todo, lo que pareciera un esfuerzo sistemático por desmembrar a estas familias en el proceso de trazar fronteras y crear Estados Nación que desconocen a estas naciones originarias. Esto no solo lo han hecho Colombia y Nicaragua, sino todos los países, a medida que se fueron constituyendo.

Tan es así, que Colombia tuvo, tardíamente, que cambiar su Constitución para reconocerse como una nación con múltiples etnias y culturas, luego de más de un siglo bajo una constitución centralista, eminentemente andina, que parecía suponer que todos éramos presuntamente blancoscatólicos que hablábamos español. Ni indígenas, ni afros, ni mezclas de todos los pueblos del mundo que convergieron en este gran crisol de razas, como se decía, que es América y en especial el Caribe.

Lo malo es que han pasado más de 25 años desde la Constitución, y el Estado colombiano y los sucesivos gobiernos siguen comportándose como si aquella no existiera. La derrota en La Haya lo demuestra, pues se debió en gran parte al desconocimiento que hicieron ambos países de la población creole que habita el área en disputa, que pareciera deshabitada, lo que también es implícitamente aceptado por la Corte Internacional en su fallo.

Cabe, no obstante, esperar que la injusticia lograra, al menos, llamar la atención sobre esta situación de desconocimiento y de lo lejos que estamos de aplicar debidamente nuestra Constitución. En ese terreno se enmarca, es de suponer, la igualmente tardía intención de formular y aplicar un Estatuto Raizal; más vale tarde que nunca, habrá que decir.

Pero, mientras tanto, hay síntomas menos alentadores. La ponencia señalaba que, a lo largo de los años, el estado colombiano ha tratado de debilitar y dividir al pueblo raizal, no sin éxito, como lo ilustra la discusión actual. Y ha propiciado fisuras en el tejido social, alrededor de la cultura yla economía, desde los tiempos de migración masiva de colombianos del interior hacia el Archipiélago, producto de la política de colombianización cuyo caballo de Troya fue el Puerto Libre.

Pero la estrategia más efectiva está siendo la permisividad ante la corrupción y el narcotráfico. La corrupción saquea las arcas departamentales y convierte a muchos en piezas dóciles al servicio de intereses ajenos. El narcotráfico, cada vez con más isleños involucrados, tiene efectos devastadores sobre la cohesión social, como lo demuestra la guerra entre hermanos que estamos viviendo.

Sin contar el efecto mismo del consumo de drogas, que recuerda la teoría (¿conspirativa?) según la cual las drogas se introdujeron, entre la población afro estadounidense, como una estrategia deliberada de Reagan para debilitar el apoyo popular a políticoscomo Martin Luther King o Malcolm X, finalmente asesinados, o de gruposcomo las Panteras Negras.

Hoy muchos cambian todas sus ambiciones y conviccionesa cambio de un poco de droga, allá, aquí y en todas partes. Y la violencia crece.

La ponencia terminaba planteando la necesidad de un gran esfuerzo, para superar estas circunstancias desfavorables, a partir de un proceso de reunificación de los pueblos creole, mediante la conformación de una Confederación de los pueblos creole, una Nación Creole que, aunque no elimine las fronteras nacionales con las cuales se los ha querido dividir, si las transforme en frentes de convergencia y cooperación.

Esto daría mayor fuerza a estos pueblos para valorarse y defendersea sí mismos y a su cultura, también patrimonio de las mismas repúblicas que quieren desconocerlos. Así, una Nación Creole organizada contribuiría a sus propios propósitos y a la grandeza de sus países, por encima de sus divisiones. Miss Josephine lo decía hermosamente: “We are still one family”. A la cual hay que reunificar.


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Última actualización ( Domingo, 22 de Octubre de 2017 06:04 )  

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